Puede sonar un poco pretencioso, pero la verdad es que he trabajado bastante con la teoría de las inteligencias múltiples a lo largo de mi carrera profesional y ha habido pocas aportaciones nuevas en este módulo. Por ejemplo, en mi tesis doctoral había un apartado en el que estudiaba la temática de los textos que aparecen en los libros de español para extranjeros en paralelo a la clasificación de Gardner en un intento de entender si interpelaban o no a diferentes intereses y motivaciones o no. Los resultados revelaron una altísima incidencia de textos con contenidos intra e interpersonales muy superficiales, pero poco o ningún interés por lo naturalístico, lo lógico, lo espacial o lo trascendental. Es una tendencia muy occidental en la enseñanza de lenguas la de estar sometiendo al alumno continuamente a test sobre sentimientos, parejas, carácter, gustos, etc. Un "conócete a ti mismo" un tanto banal (pues nunca se habla de ideología, religión, filosofía, trascendencia...) muy del gusto occidental, pero que no solo desmotiva a quienes tienen otros intereses, sino también a personas de otras culturas más reservadas.
Coincido con Gardner en entender la inteligencia como una capacidad adaptativa para la resolución de problemas. Lo que ha contribuido a la conservación y progreso de nuestra especie ha sido esa capacidad de enfrentarnos a hábitats y condiciones adversas adoptando medidas creativas de toda índole: comunicativas (transmisión de la técnica), naturalísticas, cinestésicas, lógicas... Pensaba, por ejemplo, mientras hacía las lecturas, en cómo mis abuelos y mis padres tenían un conocimiento sobre la naturaleza y el entorno que los urbanitas como yo hemos perdido completamente, y que nos hace vulnerables en determinadas situaciones. Aunque ellos no tuvieran ni el graduado escolar, no por eso eran mucho menos inteligentes que yo. Muy al contrario: supieron adaptarse a cambios en el medio social y natural que a mí me provocan auténtico pánico.
En la clase de idiomas es muy importante proponer actividades y tareas que atiendan a todas esas inteligencias. No hay día, por ejemplo, que no haga a mis alumnos levantarse y dar vueltas por la clase para hablar con otras personas elegidas al azar. Me gusta ponerles música suave mientras están escribiendo algo. Tenemos una pelota y unos matamoscas con los que nos cedemos el turno o cazamos palabras. En las tareas finales les proporciono todo tipo de materiales (cartulinas, pinturas, revistas, pegamento...) para que les den un toque estético a sus productos. Practicamos la entonación o la acentuación con palmas y puños. Y también dejo espacio a los ejercicios más tradicionales de rellenar huecos, completar conjugaciones o relacionar ítems. Desde luego, me gusta que en las tareas hablen de sí mismos (sus orígenes, sus preocupaciones, sus logros...) y que se interesen también por mí, que muchas veces soy el único referente que tienen de la cultura meta. Les llevo fotos de mi infancia, de mi familia, les cuento anécdotas. Así me sienten como una persona, y yo a ellos también. Más de uno nos ha hecho llorar contándonos lo difíciles que han sido sus vidas, y eso deja un recuerdo que -para mí- es aprendizaje.
Desde luego muchísimas de esas cosas las he aprendido y copiado de otros, especialmente de muchos buenos maestros que he tenido. Procuro observar y conocer a mis estudiantes para que a lo largo de una sesión haya tareas que interpelen a varias inteligencias, adaptándome al perfil de estudiantes que tengo en el aula. Por ejemplo, recuerdo que hace dos años tuve en clase dos profesores de gimnasia, un entrenador de fútbol y una bailarina. ¡Imposible tenerlos quietos! Así que todos los días hacíamos algo de movimiento en cuanto los veía sentados agitando una pierna.