Sin duda, la idea de que el aprendizaje es una tarea personalizada no es nueva en el ámbito de la educación. Pensadores como Montesquieu fueron formados por su propio preceptor, y por ello relata de modo muy positivo su experiencia. Es algo que las elites socioeconómicas siempre se han podido permitir, pero la extensión de la educación a sectores cada vez más amplios de la población a partir de la Revolución industrial y la instauración de los Estados nacionales en el siglo XX han supuesto la generalización de un modelo escolar de masas que en ocasiones ha alcanzado dimensiones desproporcionadas.
Durante todo ese proceso, la didáctica se especializó en los modelos y métodos de enseñanza: el profesor era el protagonista del acto didactico, y de su actuación dependía el éxito o el fracaso de los alumnos. Por otro lado, en las instituciones educativas han ido proliferando los currículos y los programas que intentan responder a todo tipo de necesidades sociales, pero con una atención muy especial hacia la formación de profesionales y de mano de obra cualificados, lo cual prima sobre una auténtica formación integral del individuo (afecto, conocimiento, etc.).
El giro hacia la educación personalizada en los últimos años ha supuesto la recuperación socrática del aprendiente como centro del acto didáctico. Solo el diálogo y la cooperación entre el maestro y el aprendiente y entre los mismos alumnos garantizan que el aprendizaje no solo sea significativo, sino -sobre todo- duradero. No se puede aprender lo que no se ama.
En mi experiencia como docente de español, la personalización es fundamental para que haya adquisición de la lengua. Los aprendientes llegan al aula con historias diferentes (origen, edad, condición social, sexo, motivaciones, tradiciones escolares, lenguas, etc.). Por eso la personalización siempre ha sido un eje fundamental en mi tarea docente. No pueden aprender igual el español un adolescente asiático que necesita la lengua para graduarse en el instituto que el del refugiado político que necesita la lengua para encontrar un trabajo y comenzar una nueva vida. De ahí la necesidad de programar tareas con diferentes retos y destinadas a distintos perfiles, de trabajar las distintas destrezas comunicativas y de experimentar con todo tipo de metodologías.
No obstante, la realidad no siempre favorece esta personalización. En ocasiones el número de alumnos en el aula dificulta que podamos llegar a todos ellos. Mientras lo ideal es trabajar en clases de 8 a 12 estudiantes, la media de alumnos por aula es de 26 a 30. Esto hace que muchos alumnos se "diluyan": cansados tras una larga jornada laboral, acuden a una clase multitudinaria donde los intereses y las motivaciones son muy divergentes, y si no se sienten interpelados, desconectan. Esto, junto con la estandarización de unas pruebas oficiales de idiomas que exigen los mismos logros tras períodos de tiempo a veces insuficientes de exposición a la lengua dificultan mucho que el aprendizaje sea personalizado y que se valoren de modo positivo los logros que cada uno ha ido alcanzando.
En mi caso, procuro desde el primer día conocer a cada uno de mis alumnos: sus nombres (no siempre fáciles de pronunciar), sus orígenes, sus gustos, sus necesidades... Esto, junto con la observación de su comportamiento en el aula, me ayuda a saber mejor qué capacidades y necesidades tienen. Procuro que haya varias tareas para que quienes acaban antes tengan algo que hacer, y otras más sencillas para que quienes tienen más dificultad logren sentirse satisfechos. Pero me temo que me falta aún mucha pericia y muchas habilidades para lograr una verdadera personalización de los aprendizajes, especialmente de cara a las nuevas generaciones que están más acostumbradas a las TIC.
Durante todo ese proceso, la didáctica se especializó en los modelos y métodos de enseñanza: el profesor era el protagonista del acto didactico, y de su actuación dependía el éxito o el fracaso de los alumnos. Por otro lado, en las instituciones educativas han ido proliferando los currículos y los programas que intentan responder a todo tipo de necesidades sociales, pero con una atención muy especial hacia la formación de profesionales y de mano de obra cualificados, lo cual prima sobre una auténtica formación integral del individuo (afecto, conocimiento, etc.).
El giro hacia la educación personalizada en los últimos años ha supuesto la recuperación socrática del aprendiente como centro del acto didáctico. Solo el diálogo y la cooperación entre el maestro y el aprendiente y entre los mismos alumnos garantizan que el aprendizaje no solo sea significativo, sino -sobre todo- duradero. No se puede aprender lo que no se ama.
En mi experiencia como docente de español, la personalización es fundamental para que haya adquisición de la lengua. Los aprendientes llegan al aula con historias diferentes (origen, edad, condición social, sexo, motivaciones, tradiciones escolares, lenguas, etc.). Por eso la personalización siempre ha sido un eje fundamental en mi tarea docente. No pueden aprender igual el español un adolescente asiático que necesita la lengua para graduarse en el instituto que el del refugiado político que necesita la lengua para encontrar un trabajo y comenzar una nueva vida. De ahí la necesidad de programar tareas con diferentes retos y destinadas a distintos perfiles, de trabajar las distintas destrezas comunicativas y de experimentar con todo tipo de metodologías.
No obstante, la realidad no siempre favorece esta personalización. En ocasiones el número de alumnos en el aula dificulta que podamos llegar a todos ellos. Mientras lo ideal es trabajar en clases de 8 a 12 estudiantes, la media de alumnos por aula es de 26 a 30. Esto hace que muchos alumnos se "diluyan": cansados tras una larga jornada laboral, acuden a una clase multitudinaria donde los intereses y las motivaciones son muy divergentes, y si no se sienten interpelados, desconectan. Esto, junto con la estandarización de unas pruebas oficiales de idiomas que exigen los mismos logros tras períodos de tiempo a veces insuficientes de exposición a la lengua dificultan mucho que el aprendizaje sea personalizado y que se valoren de modo positivo los logros que cada uno ha ido alcanzando.
En mi caso, procuro desde el primer día conocer a cada uno de mis alumnos: sus nombres (no siempre fáciles de pronunciar), sus orígenes, sus gustos, sus necesidades... Esto, junto con la observación de su comportamiento en el aula, me ayuda a saber mejor qué capacidades y necesidades tienen. Procuro que haya varias tareas para que quienes acaban antes tengan algo que hacer, y otras más sencillas para que quienes tienen más dificultad logren sentirse satisfechos. Pero me temo que me falta aún mucha pericia y muchas habilidades para lograr una verdadera personalización de los aprendizajes, especialmente de cara a las nuevas generaciones que están más acostumbradas a las TIC.
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